
Hoy saqué a Libertad a nadar a la pileta y aclaro, no fue un intento de asesinato. Hicimos un poco de nado sincronizado hasta que la miré bien. Me sentía como una madre mirándo a su pequeño retoño nadar, mirándola ahí toda chiquitita levantándo la cabeza. Casi se me caen las lágrimas del orgullo.
Y pensando en escribir dicha hazaña me acordé de uno de los mejores libros que leí en mi infancia (poca lectura enrealidad) y del mejor autor en inglés que me ha cautivado hasta el día de la fecha. Esa habilidad que tenía de inventar palabras que despiertan las papilas gustativas y hacen sentir a uno como que está tomando el mismísimo bocado de la palabra o devorándosela. Las historias retorcidas y la prosa en pos trabalenguas.. no había nada más que llamara tanto mi atención en materia de libros. No podría haber sido de otra manera que con un artista del porte de Quentin Blake al lado de Dahl.
Lo que más me acuerdo de esas épocas era que en infierno -perdón- invierno, me la pasaba muy mal yendo al colegio y en verano lo disfrutaba mucho. Siempre fue así enrealidad. Y me acuerdo de la biblioteca tan pintoresca que siempre por la tarde era más linda que por la mañana. Nota al márgen: a la mañana tenía castellano y a la tarde inglés, en la tarde no solo no teníamos matemática y estábamos mas cerca a la hora para irnos sino que además las actividades eran mucho más interesantes que a la mañana (las profesoras en general también). Osea, ¡teníamos ORIGAMI! Hacíamos remeras hippies al estilo batic. La mañana simplemente no competía con la tarde.
Y me llega el último año que tanto se espera. Nada más me gustaría tener siempre esas tardecitas.
El resto que se pudra.
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